martes, 16 de diciembre de 2014

Dieciséis.


Era diciembre y cómo todos los diciembres ella se moría de frío.
No diré que se despertaba porque incluso por la noche, cuándo las calles se volvían oscuras y silenciosas, era incapaz de dormir, esperando así que algo interrumpiera el caos de su mente.
Y no había ni un jodido reloj con el tic tac de las agujas que hiciera tal cosa.
Ella abría los ojos cada mañana, se sentaba y miraba a la gente que le pasaba por delante de sus narices, y les daba los buenos días.
Y nadie contestaba, y todos la miraban.
Las tardes se convertían en viajes por las calles de esa gran ciudad. Siempre encontraba a alguien que le diera algo para comer, y comía.
Y mientras que las horas seguían pasando observaba a la gente con sus miles de cosas mirando al suelo, o discutiendo por teléfono, o riendo con sus amigos, aunque a decir verdad, eso pasaba menos.
Y no deseaba ser cómo ellos, que le dieran a su felicidad prefabricada, que el vacío que ella sentía era más real y agradable que esa pantomima.


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