lunes, 29 de diciembre de 2014

04:10

Tenía unos ojos oscuros que cuando los mirabas podías sentir su longeva vida, vida arrebatada por alguien o por algo, que desde luego no merece un suspiro de su alma.
Mas se la llevo, sin avisar.
Sin tener en cuenta el llanto que provocaría en toda esa gente.
Os aseguro que son lágrimas sinceras, de esas que salen de tan adentro que parece que las envía el corazón.
Y ella, ella está tan rota que con mirarla puedes sentir como una parte de su pequeño cuerpo se fue con él.
¿Dónde está él?
En algún lugar, quizá mejor que este.
Eso no consuela.
Porque no vamos a volver a sentir su silencio que tantas cosas decía.
Y a veces hablaba mucho y nunca se quejaba.
Y no levantaba la voz.
Y no reía pero si sonreía.
Y nos hacía ver lo feliz que era.
Y lloraba temiendo a la muerte.
Y no quería que lo dejáramos.
Me pedía otro beso de despedida aún a sabiendas de que ya se lo había dado.
Su sitio en la mesa sigue vacío pero yo sé que está ahí, escuchando nuestros problemas de cada semana.
Solo espero que no sienta el malestar de cada uno.
Sobretodo de ella que odia al mundo por no dejarla morir con él.
Seguramente le quede mucha vida pero la esperará en aquel lugar dónde va la gente buena, porque nunca se han separado para que la muerte lo haga.
Ahora lo único que le pido es que si hay algún Dios que controle esto que lo destruya, que la vida es injusta.
Y que ahora sólo queda la rabia y el odio.


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